Servicios manchados, servicios mal entregados: ¿Cómo comenzar a servir con integridad?
¿Recuerdan cuando, en Éxodo y Levítico, Dios le dio instrucciones a Moisés para construir el tabernáculo, estableciendo así la forma en que el pueblo pudiera acercarse a Su presencia?
La responsabilidad de entrar al Lugar Santo estaba en manos de los sacerdotes, y al Lugar Santísimo solo podía entrar el sumo sacerdote. Pero no podían hacerlo de cualquier manera. Dios les había dado instrucciones claras: debían vivir en santidad, cuidar su conducta y presentarse sin mancha delante de Él.
No se trataba simplemente de cumplir una función o ponerse las vestiduras correctas. Había una condición espiritual detrás del servicio. Si no cumplían con lo establecido por Dios, podían incluso morir delante de Su presencia.
Porque con la presencia de Dios no se puede jugar.
Ahora llevemos esto a la actualidad
Sabemos que Jesús vino a morir por nuestros pecados. Ya no vivimos bajo el mismo sistema ceremonial del Antiguo Testamento. No vamos a caer muertos delante de nuestros hermanos por haber cometido un error —al menos no de esa manera—. Somos salvos por gracia y tenemos acceso a Dios gracias al sacrificio de Cristo.
Pero eso no significa que podamos tomar Su sacrificio a la ligera.
¿Cuántas veces hemos jugado con la gracia de Dios? ¿Cuántas veces hemos creído que somos invencibles y hemos aprendido a esconder nuestras manchas debajo de lindas vestiduras para poder cumplir con el servicio?
Nos ponemos la mejor ropa, levantamos las manos, cantamos, predicamos, enseñamos, servimos y sonreímos. Y muchas veces nadie se da cuenta de lo que realmente está pasando dentro de nosotros.
Creemos que nadie puede reemplazarnos, pensamos que el servicio depende de nosotros y, lo peor, es que hemos confundido servir a Dios con simplemente cumplir una función dentro de la iglesia.
Entonces llega el domingo.
Vamos camino a la iglesia y, en el trayecto, hacemos una oración rápida:
“Señor, perdóname por lo que hice esta semana”.
Como si el arrepentimiento fuera un trámite. Como si pudiéramos vivir de lunes a sábado de cualquier manera y el domingo simplemente presentarnos delante de Dios con una disculpa de último minuto, confiando en que, como Dios nos ama y Jesús murió por nosotros, todo quedará automáticamente solucionado.
Sí, Dios nos ama. Sí, Jesús murió por nosotros. Sí, somos salvos por gracia.
Pero la gracia nunca fue una licencia para vivir de cualquier manera.
El sacrificio de Jesús no fue hecho para que pudiéramos esconder nuestras manchas debajo de nuestras vestiduras, sino para que pudiéramos ser transformados.
Por eso, la pregunta no debería ser solamente: “¿Estoy sirviendo?”
La pregunta debería ser: “¿Cómo estoy sirviendo?”
Podemos entregar un servicio que se vea perfecto por fuera, pero que esté completamente manchado por dentro. Podemos estar ocupando un lugar en la iglesia mientras nuestro corazón está lejos de Dios. Podemos servir delante de los hombres y, al mismo tiempo, estar descuidando nuestra relación con Aquel a quien realmente estamos sirviendo. Un servicio manchado sigue siendo un servicio mal entregado.
No necesitamos aparentar, necesitamos ser transformados
Dios no necesita que aparentemos estar bien para poder usarnos. Él quiere un corazón dispuesto a reconocer sus manchas, arrepentirse, ser limpiado y volver a caminar en santidad.
Por eso, antes de preguntarnos qué estamos haciendo para Dios, necesitamos detenernos y mirar cómo estamos caminando con Él. El objetivo no es convertirnos en servidores perfectos. Es convertirnos en servidores íntegros.
“Teme al Señor y sírvele con el corazón. Echa fuera para siempre los ídolos que tus antepasados adoraban cuando vivían del otro lado del río Eufrates y en Egipto. Sirve únicamente al Señor.” Josué 24:14
“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.”Mateo 5:8
“Si alguien se mantiene limpio, llegará a ser un vaso noble, santificado, útil para el Señor y preparado para toda obra buena.” 2 Timoteo 2:21
¿Cómo podemos comenzar a entregar un servicio íntegro?
No se trata solamente de dejar de hacer algo incorrecto. Se trata de volver nuestro corazón hacia Dios y permitir que Él transforme aquello que está desordenado.
Reconocer nuestras manchas
No podemos limpiar aquello que nos negamos a reconocer. Necesitamos preguntarnos con honestidad: ¿Hay algo en mi vida que estoy intentando esconder detrás de mi servicio? ¿Hay actitudes, pecados, heridas, falta de perdón, orgullo o hábitos que estoy intentando cubrir mientras continúo sirviendo?
El primer paso no es aparentar. Es reconocer.
Arrepentirnos
El arrepentimiento no debería ser una oración rápida antes del culto. Es volver nuestro corazón hacia Dios y reconocer que necesitamos cambiar nuestra manera de vivir. Porque no se trata solamente de sentir culpa por lo que hicimos, sino de permitir que Dios transforme aquello que necesita ser transformado.
Permitir que Dios nos limpie
Jesús no murió para que aprendiéramos a esconder nuestras manchas. Murió para redimirnos, restaurarnos y transformarnos. Por eso podemos acercarnos a Dios con nuestras faltas, reconocer nuestros errores y permitir que Él vuelva a ordenar nuestra vida.
Volver a caminar en santidad
La integridad no se demuestra solamente el domingo. Nuestra responsabilidad como servidores no termina cuando termina el culto.
Lo que enseñamos, lo que decimos y lo que hacemos durante la semana también forma parte de nuestro servicio a Dios. Debemos recordar que el servicio no comienza cuando llegamos a la iglesia; Comienza en nuestra manera de vivir.
Y cuando servimos a la niñez, la responsabilidad es aún mayor
Si entendemos que nuestro servicio debe ser íntegro, aun cuando hacerlo pueda parecer difícil o incluso imposible en los tiempos que vivimos, entonces también debemos comprender la enorme responsabilidad que tenemos cuando decidimos servir a los niños y niñas de nuestra congregación.
No estamos entregando cualquier cosa. No estamos simplemente ocupando un espacio dentro de la iglesia, cuidando niños durante un culto o preparando una actividad para mantenerlos entretenidos. Estamos dejando una huella en sus vidas.
Cuando entendemos que el desarrollo social, cognitivo y emocional de los niños está profundamente influenciado por el entorno que los rodea, comenzamos a dimensionar que nuestra presencia en sus vidas puede tener un impacto mucho mayor del que imaginamos.
El psicólogo y epistemólogo suizo Jean Piaget, reconocido por sus estudios sobre el desarrollo cognitivo infantil, planteó que los niños van construyendo y asimilando progresivamente una comprensión del mundo que los rodea a partir de sus experiencias e interacciones con su entorno.
Entonces, pensemos por un momento: ¿Qué mundo estamos ayudando a construir en la mente y en el corazón de los niños que Dios puso bajo nuestro cuidado?
Cada palabra, actitud, reacción y ejemplo puede convertirse en parte de aquello que están aprendiendo acerca del mundo, de las personas y también de Dios.
Para un niño o niña, muchas veces, nosotros somos una de las primeras representaciones concretas de lo que significa pertenecer a una iglesia.
¿Cómo reaccionamos cuando se equivocan?
¿Cómo los corregimos?
¿Los escuchamos?
¿Los hacemos sentir seguros?
¿Les demostramos amor?
¿Somos coherentes entre lo que enseñamos desde la Biblia y nuestra manera de comportarnos?
Quizás olvidemos una actividad, una clase o una conversación, pero ellos pueden recordarla durante muchos años. Servir a la niñez no es un servicio de segunda categoría. Es una responsabilidad enorme.
¿Qué necesitan encontrar los niños en nosotros?
No podemos entregarles un servicio a medias, no podemos enseñarles acerca de un Dios santo mientras vivimos alejados de Él; hablarles de amor mientras los tratamos con indiferencia; enseñarles acerca del perdón mientras somos incapaces de pedir perdón.
Los niños no solamente necesitan que les enseñemos la Palabra de Dios, necesitan verla reflejada en nosotros.
Quizás no recuerden exactamente lo que les enseñamos aquel domingo, pero probablemente recordarán cómo los hicimos sentir. Recordarán si fueron escuchados, valorados y si pudieron encontrar en nosotros un ejemplo de amor, integridad y servicio.
Entonces, ¿Qué podemos hacer como maestros?
Antes de preparar una clase, una actividad o una enseñanza, también necesitamos preparar nuestro corazón. Podemos comenzar preguntándonos:
¿Estoy caminando con Dios o solamente cumpliendo una función?
¿Hay algo que necesito reconocer delante de Dios?
¿Hay alguien a quien necesito pedir perdón?
¿Estoy viviendo durante la semana aquello que enseño el domingo?
¿Los niños pueden ver en mi manera de vivir aquello que les enseño desde la Palabra?
No necesitamos ser servidores perfectos. Necesitamos ser servidores íntegros.
Maestros y maestras que amen a Dios, nadie es perfecto, reconozcan sus errores, sepan pedir perdón y entiendan que cada vez que se paran frente a un niño tienen la oportunidad y la responsabilidad de dejar una huella.
Servir también es cuidar el camino hacia Dios
“Jesús dijo: Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos.” Mateo 19:14
Para ellos no podemos ser esa piedra de tropiezo, esa pared que los separe de una experiencia con Dios y la iglesia. Debemos ser ese reflejo que necesitan y esa contención que puedan ver.
Nuestra responsabilidad como servidores no termina un domingo, sino que continúa en el reflejo que tenemos día a día de nuestro corazón.
Jesús nos perdonó, nos redimió y nos restauró para ir por aquellos pequeños que necesitan de nosotros, que necesitan que les enseñemos a conocer a Dios.
Porque el privilegio de servir a Dios nunca debería hacernos olvidar delante de quién estamos sirviendo.
Y quizás la pregunta que cada uno de nosotros nos debemos hacer es : “¿Estoy entregando a los niños un servicio que nace de una vida que también está siendo transformada por Dios?”
Que Dios te bendiga en el camino de servicio
🌿Maestra Anaís Lizana | Proyecto EDEN




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