Confianza, límites y libertad: ¿Cómo encontrar el equilibrio?
Hace un tiempo escuché el testimonio de un joven padre que me hizo pensar mucho en una pregunta que quizás muchos padres nos hemos hecho alguna vez: ¿Cuánta confianza debemos dar a nuestros hijos?
Él me contó que, cuando era adolescente, un día le pidió permiso a sus padres para ir a la casa de un amigo. Quedaba cerca, así que no hubo mucho problema en que lo dejaran ir.
El tema es que terminaron en otra comuna, en un lugar que no tenía nada que ver con lo que había dicho, y ahí vivieron una situación de peligro real. Gracias a Dios no pasó a mayores, pero pudo haber sido muy distinto.
Él no era creyente en ese entonces, y en su casa no había reglas muy firmes. Sus padres le habían dado mucha confianza, quizás más de la que él sabía manejar a esa edad.
Y como cualquier adolescente promedio, esa confianza sin límites claros lo llevó justo a la situación de la que se suponía que debía cuidarse.
Con los años, esa experiencia se le quedó marcada. No como un reclamo hacia sus padres, sino como una pregunta que después, ya siendo padre él mismo, se ha hecho muchas veces: ¿Estamos protegiendo a nuestros hijos o preparándolos para la vida?
Y creo que esa pregunta merece que nos detengamos a pensar.
Confiar también se aprende
Hay algo que, como padres, puede costarnos años entender: confiar en nuestros hijos no es algo que se decide una sola vez. Es algo que vamos aprendiendo, casi a la fuerza, a medida que ellos crecen.
Cuando son pequeños todo es más simple, uno decide casi todo: qué comen, con quién están, a dónde van, qué pueden hacer y qué no. Y funciona, porque ellos todavía no están listos para decidir solos.
El problema es que los hijos no se quedan pequeños.
Mientras ellos crecen, a nosotros nos toca aprender algo que no es natural para la mayoría de los padres: soltar espacio para que empiecen a decidir por su cuenta. Y ahí surge la pregunta que seguramente muchos nos hemos hecho alguna vez, de noche, dándole vueltas:
¿Cuánta libertad le doy?
¿Ya está listo o todavía no?
¿Estoy siendo muy estricta, o muy blanda?
Con el tiempo he llegado a pensar que la Biblia no nos enseña a criar hijos protegidos, sino hijos preparados. Y esas dos cosas no son lo mismo.
Proverbios 22:6 lo dice así: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.”
Esa palabra, “instruye”, no es solo cuidar: es enseñar, corregir, formar, acompañar. Y ahí hay algo que se nos olvida seguido: no podemos pedirle a un hijo que tome buenas decisiones si nunca lo dejamos tomar ninguna.
Confiar No es lo mismo que "dejar hacer"
A veces mezclamos dos cosas que no son iguales: confianza y libertad total.
“Confío en mi hijo, así que puede hacer lo que quiera”... Pero la vida real no es tan simple como eso. Nuestros hijos igual necesitan límites, necesitan escuchar un “no” de vez en cuando, necesitan entender que las decisiones traen consecuencias y también necesitan saber que, si se equivocan, nosotros vamos a seguir ahí para ayudarlos a entender qué pasó.
Poner límites no es señal de desconfianza.
Muchas veces es justo lo contrario: es la forma en que los preparamos para manejar la libertad más grande que van a tener después.
El joven padre que me compartió su historia lo vivió en carne propia. No fue que sus padres no lo quisieran o no se preocuparan por él, fue que la confianza que le dieron no vino acompañada de límites claros ni de las preguntas correctas antes de dejarlo salir.
Y a esa edad, sin reglas firmes y sin la madurez para medir el riesgo, esa libertad terminó exponiéndolo a algo que pudo haber sido muy grave.
Su historia no necesariamente nos invita a juzgar a sus padres, nos invita a aprender de ella.
El otro extremo también existe
Y así como hay padres que sueltan demasiado, hay otros que se van al lado opuesto. Quieren proteger tanto a sus hijos que terminan haciendo todo por ellos: les resuelven los problemas, deciden todo, les dicen con quién juntarse, cómo responder, qué hacer, y hasta tratan de evitarles cualquier tropiezo o mal rato. Lo hacen por amor, eso está claro, nadie quiere ver sufrir a un hijo. Pero vale la pena hacerse una pregunta que duele un poco: ¿Qué va a pasar el día que nosotros ya no estemos ahí para decidir por ellos? Porque nuestros hijos van a tener que enfrentar cosas solos.
Se van a equivocar.
Van a tener que pedir perdón.
Resolver problemas.
Tomar decisiones.
Y para que sepan hacerlo, en algún momento tenemos que empezar a soltar, aunque nos cueste.
Jesús tampoco hizo todo por sus discípulos
Cuando una mira cómo Jesús formó a sus discípulos, hay algo que llama la atención: no hizo todo por ellos. Los enseñó, los corrigió, los acompañó, pero también les dio responsabilidades reales y los mandó a hacer cosas solos, aunque sabía que todavía les faltaba mucho por madurar.
Ahí hay un principio que me parece clave: no se trata de esperar a que nuestros hijos estén “completamente listos” para recién confiarles algo.
Muchas veces la madurez se desarrolla justamente cuando les entregamos responsabilidades antes de sentirnos 100% cómodos con eso. Eso no significa dejarlos solos, significa acompañarlos mientras aprenden.
La confianza crece con ellos, no de golpe
No podemos exigirle responsabilidad a un hijo si nunca le hemos dado la oportunidad de tomar decisiones por sí mismo. No podemos esperar que decida bien si nunca lo dejamos decidir y tampoco podemos esperar que sea independiente si seguimos resolviéndole todo.
Por eso creo que la pregunta correcta no es solamente: “¿Confío en mi hijo?”. Sino algo más específico: “¿Qué responsabilidad puede manejar en esta etapa de su vida?”
No es lo mismo confiar en un niño de 8 años que en uno de 15 años. La confianza va de la mano con la edad, la madurez y lo que le hemos enseñado. Y eso se construye de a poco, no de un día para otro.
Criar también es aprender a soltar
Efesios 6:4 dice: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.”
Criar es enseñar, corregir, poner límites, acompañar. Pero también es preparar. Porque llegará el día en que nuestros hijos tendrán que decidir sin nosotros al lado, y ahí se va a notar lo que fuimos sembrando todos estos años.
Tal vez nuestro objetivo no debería ser tener hijos que obedecen solo cuando los estamos mirando, sino hijos que saben hacer lo correcto incluso cuando no estamos presentes. Y para eso hace falta enseñarles, pero también confiar en ellos:
Darles responsabilidades.
Dejarlos equivocarse.
Corregirlos cuando haga falta.
Soltar un poco más cada año.
No de golpe, no sin límites, No sin acompañamiento. Sino de acuerdo con lo que están preparados para manejar.
Porque al final, criar también significa prepararlos para el día en que ya no nos van a necesitar para decidir por ellos. Y quizás ahí está una de las tareas más difíciles de la crianza:
aprender a soltar sin dejar de estar presentes.
La pregunta entonces no es si debemos darles mucha o poca confianza. La pregunta real es: ¿Estamos enseñando a nuestros hijos a hacerse responsables de la confianza que les estamos dando?
Que Dios te guíe en el camino de la paternidad
🌿Maestra Angela Mantilla | Proyecto EDEN




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